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lunes, 25 de abril de 2011

La historia de la Princesa Lorelei (Tercera Parte)





Continuación...




Fuerza de voluntad, ¿dónde estás?

Ese 1 de enero me levanté muy motivada, desayuné un vaso de agua helada y nada más. Encendí mi portátil y empecé a coleccionar dietas. Me decidí por una de 400 calorías que prometía una pérdida de peso enorme. Y la hice al pie de la letra. Pero sólo por unas horas. En la noche, cuando me acosté estaba tan muerta del hambre que devoré las sobras de la cena de año nuevo que estaban en la nevera. Un día perdido. Y así fue todo enero, dietas y más dietas echadas a perder por mi falta de fuerza de voluntad. Asistí a un gimnasio y pagué únicamente el día por probar. Un completo desastre. Lleno de espejos que mostraban mi horrenda figura y como se movían mis carnes por cada paso que daba. No pude regresar.

Estaba deprimida y a punto de rendirme y resignarme a ser una gorda fea por siempre. Encendí el televisor y mientras tragaba un montón de galletas oreo con leche entera, en el noticiero salió un titular en el que decían que en internet estaban apareciendo páginas que animaban a chicas a ser anoréxicas y bulímicas. Aunque de cierta manera me repugnó el tema, me dio muchísima curiosidad. Esa repugnancia se debe a que desconocía completamente el tema y para mi ana y mia no eran más que enfermedades de gente débil.

En la sección de salud hablaban de páginas que promovían desórdenes alimenticios al permitir a las chicas que querían adelgazar publicar y compartir trucos y consejos para aguantar hambre y producirse vómitos. Las llamaban proana y promia. Al escuchar esas palabras se incrementó mi curiosidad, pero tuve miedo. Así que pensé y pensé, hasta que me decidí. Pero eso sí, me dije, "solo voy a leer para conocer estas páginas y si no me convencen mejor dejo las cosas así."





Descubre la princesa que hay en tí

Esas páginas abrieron mis ojos a un mundo completamente nuevo en el que no estaba yo sola con mis problemas y el odio profundo a mi cuerpo, donde había personas que compartían mi sufrimiento, me entendían, me escuchaban, atentas ante cualquier pregunta. Se hacía llamar princesas. Y me encantó, me enamoré profundamente de este estilo de vida.

No les voy a negar que hubo páginas que no me gustaron. Alguna vez vi una que tenía publicada una tabla de peso ana que me revelaba que mi peso ideal era de 40 kilos. “Pero es que yo no quiero ser piel y huesos” dije en voz baja. Y ahí empezó mi investigación. Empecé a guardar datos interesantes y razonables que me ayudarían a bajar de peso, y descarté los que sé que me harían daño. Y ahí empezó mi vida con ANA y MIA.

Un consejo que me ha servido de esa investigación fue reducir porciones. Mis desayunos en esa época eran copiosos así que empecé a comer primero ¾ , cuando me acostumbré me comía la mitad, luego fui quitando algunas cosas hasta que me alimentaba solo con una taza de leche descremada con granola o un platito de fruta picada. Y así fue con todas las comidas. Leí que después de las 7:00 u 8:00 pm. La comida engordaba más porque en la noche lo único que haces es dormir. Así que Laura dejó de cenar y en las noches solo bebía una tacita de té. Como el ejercicio era una tortura, empecé a caminar y caminar. Al principio tuve que acostumbrarme con MIA. La busqué muchas veces, pero paulatinamente me convertí en ANA.

Continuará...

viernes, 15 de abril de 2011

La historia de la Princesa Lorelei (Segunda Parte)

Continuación...

Revelación I

Como yo sacaba buenas notas y les caía bien a los profesores me gane muchísimos enemigos, así que aprovechaban mi gordura para ofenderme y desquitarse.

La primera parte de mi revelación se me dio por casualidad. La chica más popular del curso (delgada, alta, medidas perfectas, novio divino, exageradamente tonta) empezó a decirme “gorda, gorda, gorda, fea…” esta vez si no la aguanté me le acerque y le dije: “¿sabes cuál es la diferencia entre tu yo?” Ella dijo: “¿100 kilos?” Todos rieron. Pero yo esperaba una respuesta así de su parte. Y le dije: “No, piensa un poco más”. Guardó silencio me miro y antes de que abriera la boca y me siguiera ofendiendo le dije: “La verdadera diferencia es que lo mio se arregla con cirugía plástica en cambio lo tuyo es un caso perdido.” Todos decían algo como “¡Uuuuhhhhh!”. Se quedo con la boca abierta y a leguas se notó que no entendió. Se sonrojó. La única neurona que tenía en el cerebro no le alcanzó para entender el calibre de esas pocas palabras. Por ahí me contaron después que tuvieron que explicarle (un poco de consuelo en ese momento me caía bien). Me senté en mi lugar y me puse a pensar “si yo tuviera ese cuerpo, sería algo perfecta” “Cuerpo perfecto, mente perfecta”, y sonreí para mis adentros.


Revelación II

Termine mi secundaria, con diploma de honor, fui la persona encargada de las palabras de despedida, pero tenía 82 terribles kilos de peso. (yo sé que les he dicho que mi máximo peso era 75 kilos, pero ya que cuento mi historia aquí les doy la cifra real, con mucha vergüenza).

En la noche de navidad estuvimos en la casa de mi abuela paterna. Por Dios, eso no era comer era ¡¡¡tragar!!! Y siempre fue así, cantidades extraordinarias de comida. E iba toda la familia. Yo estaba hablando con una prima que no veía hace años. Muy bonita y delgadita. Me estaba diciendo que me veía un poco más llenita que el año anterior y yo le decía “sí, sí, subí un par de kilos”, como si no me importara el comentario. Y de repente un primito que tengo de 7 años dice “Oye Laura estás muy gorda” y lo dijo en voz alta (ustedes saben que los niños son muy impertinentes) Todos los que estaban allí, se rieron. Mi tía la mama del mocoso, lo regañó y le dijo que me respetara, que no fuera grosero. Pero ya el daño estaba hecho. Tanto así que un tío (que andaba algo subido de tragos) en broma me dijo “Lo bueno Laura es que cuando tengas novio tendrá mucho de donde agarrar” y añadió, “Ay no mentiras Laurita tu sabes que no es en serio”. “Ay tan chistosito mi tío”. Una sonrisa completamente falsa se dibujó en mi rostro. Pero por dentro estaba completamente devastada.

Lloré por muchos días. Cuando ya no me quedaban lágrimas empecé a planear mi futuro con cabeza fría. No iba a ser más la gordita. Sin embargo comí como cerda hasta el 31 de diciembre. Y en la cena de Año Nuevo comí hasta el cansancio. Pero el 1 de enero de 2005 empezó mi transformación.

Continuará...

viernes, 8 de abril de 2011

Entrada 100: La historia de la Princesa Lorelei


Han sido casi 3 años maravillosos desde que abrí este blog. Y orgullosamente, gracias a ustedes, se abre la entrada No. 100. Quería publicar algo especial y al fin me decidí a contar mi historia, esta historia de lucha, constancia, caídas, perseverancia, tristeza…y un montón más de sentimientos. All my feelings. Y aquí empieza:

Mi niñez, una completa mentira

Siempre fui gordita (gracias a los genes de mi padre). Desde que tengo uso de razón. Pero no lo noté hasta ya avanzada edad. Mi adolescencia.

De niña jamás me dijeron “has dieta”, “no comas tanto”, “deja esos pastelillos” así que no noté lo desagradable de mi aspecto. Recuerdo que mi papá me consentía llevándome a escondidas en las noches chocolates, galletitas, brownies…y un montón de cosas más. De verdad que lo amo con toda mi alma. (A pesar de que no sabía el daño que me hacía).

Algo que me extraña cuando lo pienso es la razón por la cual mamá jamás dijo nada desagradable sobre mi aspecto. Ella es una mujer superdelgada que vive a régimen todos los días. A punta de ensaladas, ejercicios y agua. Pero nunca me obligó a comer menos, a hacer ejercicio o a comer verduras. Tal vez fue porque me ama demasiado y no quería que mi autoestima se destruyera. A pesar de todo también la amo profundamente. Digamos que es mi thinspo favorita.

Cuando vi la película “Malos hábitos” recuerdo una escena en la que una madre anoréxica admira a una niña delgada en traje de comunión mientras mira a su hija con desprecio porque se ve gordísima en su vestido blanco. Me pasó una vez, pero en Halloween. Yo llevaba un traje de princesa (que ironía) y nos topamos con una niña con un vestido igualito pero de otro color. Mamá se quedo mirándola y yo me di cuenta. Pensé que le gustaba más ese el traje que el mío. Después caí en la cuenta que era algo completamente diferente.


El verdadero suplicio de ser gorda


En la primaria todo iba bien, pero en la secundaria algo cambio. Siempre ocupé los primeros puestos. La más estudiosa, la primera en todo, menos en ser delgada. Los chicos no me miraban. Para nada. Si acaso me buscaban para que les explicara algún tema visto en clases. Pero nunca me invitaban a sus fiestas o al parque a comer helado. Me hablaban por puro interés y me regalaban comida para que estuviera siempre disponible cuando necesitaran mi cerebro. (Sólo tuve un verdadero amigo del cual estaba locamente enamorada. Pero eso es otra historia.)

Aguante muchas humillaciones. Una vez las chicas populares entraron al baño y me encerraron allí. Y empezaron a empujarme. Me decían: “mantecosa”, “grasienta”, “costal de carne”, “asquerosa”, “hueles mal”. Y yo que me moría de las ganas de llorar. Pero no lo hice. Lo soporté todo el día pero en casa lloré tanto que me quedé dormida. (Cada vez que lo recuerdo se me llenan los ojos de lágrimas)

No hice nada al respecto. Seguí comiendo igual. Y a la par siguieron los insultos. Hasta que tuve una revelación…

Continuará…

sábado, 2 de abril de 2011

Lo que significa ser bella

Desde siempre, para “ser bella” hay que ser como los demás dicen que debemos ser. Eso todos lo sabemos. Los gustos y los cánones de belleza siempre van cambiando, en algún momento de nuestra reciente historia se exigió mujeres pulposas con implantes exagerados en los pechos y el trasero; ahora es ser delgadas hasta los huesos. (¿Miento?)

Ser bella significa ser una mujer distinta a nosotras mismas. Meternos en pantalones ajustados, y llorar de odio en el probador, porque nada nos entra. Todo es para todos y todos somos diferentes. La señora moda y los medios de comunicación se han puesto más exigentes; ahora hombres y mujeres empiezan a igualarse en los códigos de la belleza universal. Por eso se han puesto de moda las dietas, los spa, los gimnasios y las cirugías plásticas.


Pero debemos tener en cuenta algo más: Un cuerpo esbelto necesita para relacionarse de una mente y un corazón frescos, puros y abiertos; una mente y un corazón que tengan la disponibilidad de escucharnos, de mimarnos, de valorar el vínculo. UN CUERPO ENVIDIABLE SIN CEREBRO NO HACE ATRACTIVO A NADIE; TAMBIÉN ES NECESARIO CULTIVAR AL SER INTERNO.


Creemos que desde nuestra mirada femenina deberíamos impulsar a los hombres a entender que más allá de lo exterior, lo que nos hace “bellas”, además de nuestro cuerpo, es la actitud de valor frente a la vida; la posibilidad de dejarnos sorprender frente a las cotidianidades, la capacidad de expresar lo que sentimos, la apertura de conciencia que nos permite mirarnos y mirar, y las oportunidades de cambiar nuestro rumbo cuando los resultados no son los deseados. Si bien, gozar del cuidado personal que muchos se proveen es “una excelente noticia” para nosotras, lo cierto es que “el cerebro” también es necesario. Salir con alguien que sólo sabe hacer de su cuerpo un culto nos acerca a la mediocridad. Para adquirir belleza debemos trabajar adecuadamente en nosotras mismas por fuera y por dentro.